EDUCACIÓN
EDUCACIÓN
Cada año, la Cuaresma vuelve a llamar suavemente a la puerta de la vida cristiana. No es una “temporada triste” ni un simple paréntesis antes de la Pascua. Es, sobre todo, un tiempo de gracia, una oportunidad para recolocar el corazón, limpiar la mirada y recuperar lo esencial.
La Cuaresma no es un conjunto de prohibiciones, sino un camino pedagógico: la Iglesia, como madre y maestra, nos propone cuarenta días para entrenar la libertad interior, fortalecer el amor y preparar el alma para la gran alegría de la Resurrección.
Autoría: Inma de Juan
17 de febrero de 2026
8 min de lectura

La Cuaresma es el tiempo litúrgico que prepara la Pascua. Dura cuarenta días (sin contar los domingos) y comienza con el Miércoles de Ceniza. El número cuarenta tiene un fuerte simbolismo bíblico: los cuarenta días del diluvio, los cuarenta años del pueblo de Israel en el desierto, los cuarenta días de Jesús en el desierto antes de comenzar su vida pública.
En todos esos casos, el “cuarenta” habla de prueba, purificación y preparación. La Cuaresma es, por tanto, un camino de conversión: volver a Dios, volver a lo esencial, volver al amor primero.
No se trata solo de “portarse mejor”, sino de dejar que Dios nos cambie por dentro.
La tradición cristiana resume la vivencia de la Cuaresma en tres grandes actitudes, que se sostienen entre sí:
No son tres “retos” aislados, sino tres dimensiones de una misma conversión: relación con Dios, relación con uno mismo y relación con los demás.

El ayuno no es una dieta ni un simple ejercicio de fuerza de voluntad. En clave cristiana, ayunar es aprender a decir “no” a algo bueno para poder decir “sí” a algo mejor.
La Iglesia invita especialmente al ayuno en Cuaresma —de modo particular el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo— porque el ayuno:
El ayuno cristiano no es triste ni voluntarista: es un gesto lleno de sentido, que libera espacio interior para que Dios actúe.
Además del ayuno de comida, es muy pedagógico proponer también ayunos de consumo, de pantallas, de quejas, de prisas, etc., especialmente en contextos educativos.
La abstinencia consiste en no comer carne ciertos días (especialmente los viernes de Cuaresma). Es un signo sencillo, comunitario y muy pedagógico:
No es una norma “arcaica”, sino un lenguaje simbólico: a través de un gesto concreto, expresamos que queremos vivir de otra manera, con más sobriedad y más conciencia de lo esencial.

El color litúrgico de la Cuaresma es el morado. Tradicionalmente simboliza:
No es un color “triste”, sino un color serio, denso, esperanzado: anuncia que algo importante está en camino.
La Cuaresma comienza con un gesto tan sencillo como profundo: la imposición de la ceniza en la frente. El Miércoles de Ceniza no es un rito triste ni una costumbre antigua sin sentido. Es, en realidad, una llamada a despertar y a empezar de nuevo.
La ceniza, que procede de los ramos bendecidos del Domingo de Ramos del año anterior, es un símbolo bíblico muy potente. En la Escritura, la ceniza recuerda la fragilidad del ser humano, lo pasajero de la vida y la necesidad de conversión. Por eso, cuando el sacerdote la impone, puede decir: “Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás” o “Conviértete y cree en el Evangelio”. No son palabras para asustar, sino para poner verdad y realismo en el corazón.
Este gesto nos recuerda dos cosas esenciales. La primera, que no somos autosuficientes: necesitamos a Dios, necesitamos su gracia, necesitamos volver a Él una y otra vez. La segunda, que siempre es posible recomenzar. La Cuaresma no empieza señalando con el dedo, sino abriendo una puerta: la puerta de la conversión, del cambio de vida, de la vuelta a lo esencial.
Llevar la ceniza es una oración hecha signo: reconocemos lo que somos, aceptamos nuestra debilidad y expresamos el deseo sincero de dejarnos transformar por Dios. Así, desde la humildad y la esperanza, comienza este camino de cuarenta días que nos conduce hacia la alegría de la Pascua.
La Cuaresma ha ido creando, a lo largo de los siglos, un pequeño “ecosistema espiritual” muy rico. Algunas prácticas especialmente propias de este tiempo son:
Todas estas prácticas buscan lo mismo: ensanchar el corazón para que la Pascua no nos pase de largo.

Algunas propuestas sencillas y realistas:
La clave no es hacer cosas “heroicas”, sino hacer pequeñas cosas con amor y constancia.
Para trabajar la Cuaresma en un colegio, pueden ser muy útiles:
La Cuaresma no termina en la cruz, sino en la Vida nueva de la Pascua. Por eso es un tiempo exigente, sí, pero profundamente esperanzador. La Iglesia nos invita a podar para que la vida dé más fruto, a vaciar para poder llenar, a callar para poder escuchar.
O, dicho de otro modo: la Cuaresma es ese tiempo en el que Dios nos susurra que todavía podemos empezar de nuevo.
ETIQUETAS