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EDUCACIÓN

Cuando el dolor irrumpe: Fe cristiana ante la tragedia y el sufrimiento

La trágica noticia del accidente ferroviario ocurrido el pasado 19 de enero en Aramuz (Córdoba) nos ha dejado, una vez más, sin palabras. Ante el impacto de la muerte inesperada, del sufrimiento de tantas familias y de una herida que atraviesa a toda la sociedad, surgen preguntas inevitables. Preguntas que no son teóricas, sino profundamente humanas.

Una de ellas aparece con especial fuerza: si Dios es bueno, ¿por qué permite el sufrimiento?

No es una pregunta nueva. Es la misma que atraviesa la historia bíblica, la que se formula en los salmos, en el libro de Job, en el corazón de tantos hombres y mujeres creyentes que, en medio del dolor, no dejan de buscar sentido.

Autoría: Inma de Juan

19 de enero de 2026

5 min de lectura

¿Por qué Dios permite el mal y el sufrimiento?

El cristianismo no ofrece respuestas fáciles ni explicaciones tranquilizadoras que anulen el drama. La fe no elimina el misterio del mal, ni convierte el sufrimiento en algo “necesario” o “querido” por Dios.

Dios no quiere el mal, ni el dolor, ni la muerte. El corazón del mensaje cristiano es justamente el contrario: Dios es creador de vida, de bien y de amor. Pero ha querido un mundo real, libre, frágil; un mundo donde existen la naturaleza, la historia, la responsabilidad humana y, con ellas, el riesgo.

El sufrimiento no es un castigo ni una prueba enviada desde lo alto. Tampoco es siempre comprensible desde la lógica. Hay dolores que no se pueden explicar, solo acompañar.

La fe cristiana no responde al sufrimiento con una teoría, sino con un rostro: el de Jesucristo. Un Dios que no se mantiene al margen, que no observa desde lejos, sino que entra en la historia y asume el dolor hasta el final. La cruz no explica el sufrimiento; lo comparte. Y al compartirlo, lo transforma desde dentro.

¿Qué puede hacer un cristiano ante el dolor propio y ajeno?

Ante el sufrimiento, el cristiano no está llamado a dar lecciones ni a justificar lo injustificable. Está llamado, antes que nada, a estar.

Estar con quien sufre.

Escuchar.

Llorar sin apresurar consuelos.

Acompañar sin respuestas cerradas.

La fe se expresa entonces en gestos sencillos y profundos: la cercanía, la oración, el silencio compartido, el cuidado concreto. Rezar no es huir de la realidad, sino sostenerla cuando las fuerzas no alcanzan. Rezar es decirle a Dios: “esto nos duele”, y poner en sus manos a quienes ya no pueden hacerlo por sí mismos.

También es legítimo, y profundamente humano, protestar, preguntar, incluso gritar desde el dolor. La Biblia está llena de esa oración desgarrada. Dios no se escandaliza de nuestras preguntas; las acoge.

Esperanza que no niega el dolor

La esperanza cristiana no consiste en minimizar la tragedia ni en mirar hacia otro lado. No es optimismo ingenuo ni consuelo rápido. Es una esperanza que asume el dolor, lo toma en serio, y aun así se niega a creer que la muerte y el sufrimiento tengan la última palabra.

Esperar, en clave cristiana, es confiar en que incluso cuando todo parece roto, Dios sigue actuando de un modo que a veces no comprendemos. Es creer que el amor es más fuerte que la muerte, aunque hoy solo podamos ver la herida.

Transmitir esperanza, en estos momentos, no es explicar por qué ha pasado lo que ha pasado. Es permanecer, cuidar, acompañar, rezar y sostener la memoria de quienes han perdido la vida y el dolor de quienes los lloran.

Porque la fe no elimina las lágrimas.

Pero nos asegura que no caen en el vacío.

En medio del sufrimiento, seguimos creyendo que Dios está cerca, especialmente de quienes más sufren. Y desde ahí, caminamos juntos, con respeto, silencio y una esperanza humilde que nace del amor compartido.

Acompañar desde la familia y el colegio

Aunque el dolor nos quede lejos físicamente, no nos es ajeno. Desde la familia y desde el colegio también es posible acompañar de verdad, con gestos sencillos que educan el corazón y hacen presente la esperanza.

Algunas propuestas concretas:

  • Rezarlo juntos
    En familia o en el colegio, dedicar un momento explícito de oración por las víctimas y sus familias. En el colegio, pasar por la capilla al llegar o al irse, aunque sea un instante, y poner allí esos nombres que no conocemos, pero que hoy nos duelen.
  • Nombrar lo que ha pasado
    No silenciar la tragedia. En casa o en clase, permitir que los niños y jóvenes expresen preguntas, miedos o tristeza, sin respuestas cerradas, con escucha serena.
  • Cuidar el ambiente
    Vivir el día con más respeto, más silencio interior, más atención a los demás. A veces acompañar es simplemente no banalizar el dolor.
  • Ofrecer lo pequeño
    Ofrecer seguir atento en clase cuando cuesta; estudiar con más responsabilidad ese día; hacer bien el propio trabajo aunque no apetezca. Convertir el esfuerzo cotidiano en una forma discreta de amor ofrecido.
  • Practicar la cercanía concreta
    Estar más pendientes de quien tenemos al lado: un compañero, un hijo, un alumno, un profesor. El dolor lejano nos recuerda que todos somos frágiles y necesitamos cuidado.
  • Educar en la compasión
    Ayudar a comprender que el sufrimiento de otros no es algo ajeno, sino parte de una misma humanidad. Enseñar que la compasión no es lástima, sino responsabilidad compartida.
  • Cerrar el día con memoria
    Antes de dormir, recordar a las personas afectadas y rezar una oración sencilla. Enseñar así que el dolor nos duele.

Desde la familia y el colegio no quitamos el sufrimiento, pero lo acompañamos. Y eso, en la lógica cristiana, ya es una forma profunda de esperanza: hacer saber a quien sufre que no está solo, aunque nunca lleguemos a conocernos.

Porque educar en la fe también es educar para cargar juntos con el dolor del mundo, con gestos pequeños, fieles y verdaderos.

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