6 de diciembre de 2025
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El 5 de diciembre, el Colegio La Purísima y Santos Mártires celebró la fiesta de la Inmaculada Concepción, una cita que cada año reúne a la comunidad educativa y que, en esta ocasión, dejó momentos de especial significado. La Eucaristía en la parroquia de San Andrés fue el acto central, pero el ambiente que se generó durante los días previos preparó el terreno para vivir la celebración con profundidad.
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La semana comenzó con unas jornadas de confesiones abiertas a quien quisiera participar. Siete sacerdotes atendieron a alumnos, profesores y familias en un clima sencillo y respetuoso. El silencio del colegio, la luz tenue y la música instrumental preparada por los docentes ayudaron a que cada persona encontrara un espacio para detenerse. No fue un acto solemne ni distante: simplemente, una comunidad haciendo hueco para encontrarse con Dios.
La Eucaristía del día siguiente reunió a familias, alumnos y profesores. Entre los bancos, algunas antiguas alumnas recordaban los concursos de canciones vocacionales que se hacían años atrás; los estudiantes actuales escuchaban esas historias con una mezcla de curiosidad y sorpresa.
El acompañamiento musical corrió a cargo del alumnado de la asignatura de música, que siguió la celebración con atención y responsabilidad. Su aportación dio a la misa un tono cercano y cuidado, reconocible para quienes viven el día a día del colegio.
En su homilía, D. Alfonso López Latasa, capellán del centro, habló de la historia del colegio, de la presencia constante de la Virgen y del valor de construir comunidad desde lo cotidiano: la alegría compartida, el servicio, la manera de mirarnos unos a otros. Sus palabras resonaron no por ser solemnes, sino porque conectaban con la vida real del colegio.

Durante toda la semana, los alumnos trabajaron la fiesta en clase de religión.
Era fácil ver, al pasar por los pasillos, que la celebración no era un evento aislado: formaba parte del ritmo cotidiano del centro.
La identidad que dejaron las Hermanas Franciscanas de la Inmaculada continúa viva gracias al impulso de la Fundación Arenales, que mantiene y actualiza ese estilo educativo. Se nota en la forma de celebrar, de trabajar y de relacionarse: una mezcla de sencillez, respeto y sentido comunitario.
Al finalizar, magdalenas y batidos para todos. Nada extraordinario, pero suficiente para que alumnos, profesores y familias compartieran un rato juntos. En ese ambiente sencillo se entendía bien lo que se había vivido: una comunidad que celebra su fe, que recuerda sus raíces y que sigue caminando unida.
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