EDUCACIÓN
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La comunidad educativa de Arenales La Milagrosa ha peregrinado a Lourdes para vivir unos días de convivencia, oración y encuentro en torno a la Virgen y para participar en el encuentro con el Papa León XIV.
Ha sido una oportunidad para salir durante unos días de la rutina y compartir una experiencia de fe con otras familias, profesores y alumnos. Pero también para escuchar al Papa y volver a poner sobre la mesa algunas cuestiones que tienen mucho que ver con la educación: cómo miramos a nuestros hijos y alumnos, qué esperamos de ellos y qué papel tienen las familias y los colegios en su crecimiento.
Porque muchas de las cosas que León XIV está planteando en sus intervenciones sobre educación y familia tienen una aplicación muy concreta en la vida diaria de un colegio.
Autoría: Inma de Juan
28 de septiembre de 2026
4 min de lectura

Uno de los mensajes que el Papa ha repetido durante su visita a Lourdes es la importancia de la mirada. Ante los enfermos y sus familias, León XIV habló de la necesidad de aprender a mirar a cada persona en su dignidad y en su singularidad, sin reducirla a sus circunstancias o capacidades.
Es una idea especialmente importante cuando hablamos de educación. Cada alumno es diferente. Tiene sus propios ritmos, capacidades, dificultades, intereses y circunstancias. Y una parte esencial del trabajo de padres y profesores consiste precisamente en descubrir qué necesita cada uno y ayudarle a desarrollar lo mejor de sí mismo.
Esto exige tiempo y atención. También exige no dar por hecho que conocemos ya a un alumno porque sabemos sus notas o porque tenemos una determinada impresión sobre él. Educar implica conocer a la persona que tenemos delante. Y eso sirve tanto para los profesores como para los padres. A veces, detrás de un cambio de comportamiento, de una dificultad académica o de una falta de motivación hay algo que necesita ser escuchado. Otras veces, simplemente hay un talento que todavía no hemos sabido detectar. La educación empieza muchas veces por algo tan sencillo —y tan difícil— como mirar bien.
León XIV ha hablado también de la educación como un acto de esperanza. En su carta Diseñar nuevos mapas de esperanza, dedicada precisamente a la educación, recuerda que educar supone confiar en las posibilidades de una persona que todavía está creciendo.
En un colegio esto se entiende muy bien.
Un profesor educa cuando enseña, pero también cuando anima a un alumno a volver a intentarlo después de equivocarse. Cuando no le define por un mal resultado. Cuando descubre una capacidad que él mismo no sabía que tenía. Cuando le exige porque confía en que puede dar más.
Lo mismo ocurre en las familias. Educar no consiste en conseguir que los hijos hagan siempre las cosas bien. Consiste también en acompañarlos mientras aprenden a hacerlo, poner límites cuando es necesario, enseñarles a asumir responsabilidades y ayudarles a superar las dificultades sin resolverles siempre los problemas.
Por eso la esperanza tiene tanto que ver con la educación: porque educar significa apostar por alguien que todavía está en proceso de convertirse en la persona que puede llegar a ser.

Otro de los aspectos sobre los que insiste León XIV es el papel insustituible de la familia como primera responsable de la educación de los hijos.
Esto no significa que colegio y familia tengan que hacer exactamente lo mismo. Al contrario. Cada uno tiene su responsabilidad y sus propios ámbitos de actuación. Pero necesitan trabajar en la misma dirección.
Una peregrinación como la de Arenales La Milagrosa hace visible esa colaboración de una manera muy sencilla: familias, alumnos y profesores compartiendo una experiencia fuera del colegio, rezando juntos y viviendo unos días diferentes. Y estas experiencias también educan.
Los hijos ven qué importancia damos los adultos a determinadas cosas. Ven si la fe ocupa un lugar real en nuestra vida o si se queda únicamente en palabras. Ven cómo tratamos a los demás, cómo afrontamos las dificultades y qué cosas consideramos verdaderamente importantes.
No hace falta convertir cada momento en una lección. Los hijos aprenden muchísimo de lo que ven vivir a sus padres. Por eso, también en la educación en la fe, el ejemplo sigue teniendo un peso enorme.

Durante la celebración de la Misa en Lourdes, León XIV animó a los peregrinos a convertirse en «misioneros de la esperanza». La expresión puede sonar grande, pero tiene una traducción muy sencilla en la vida cotidiana.
Tiene que ver con cómo hablamos en casa. Con cómo tratamos a nuestros hijos cuando se equivocan. Con la paciencia que tenemos con ellos. Con la manera en que afrontamos una enfermedad, un problema familiar o una dificultad. También con cómo acompañamos a los alumnos que más nos necesitan.
La fe no se queda en los lugares a los que peregrinamos. Si una experiencia como esta tiene sentido, es porque algo de lo vivido en Lourdes continúa después en casa y en el colegio. Quizá ese sea uno de los principales frutos de esta peregrinación de Arenales La Milagrosa: haber compartido unos días de fe y haber vuelto a recordar que educar es una tarea que merece la pena afrontar juntos, con exigencia, con confianza y con esperanza.
La visita a Lourdes termina, pero algunas de las preguntas que plantea el Papa siguen siendo muy actuales: ¿cómo estamos mirando a nuestros hijos?, ¿sabemos reconocer sus capacidades?, ¿les estamos ayudando a descubrir sus talentos?, ¿confiamos en ellos incluso cuando las cosas no salen bien? Son preguntas que no necesitan una respuesta inmediata. Pero sí merecen que, como padres y educadores, nos las hagamos de vez en cuando.
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